El sistema de pensiones en México ha experimentado transformaciones fundamentales en las últimas décadas, marcadas principalmente por la transición de un sistema de reparto (de beneficio definido) a uno de capitalización individual (de contribución definida). La reforma más radical se implementó en 1997 con la creación de las Administradoras de Fondos para el Retiro (Afores), que gestionaban las cuentas individuales de los trabajadores. Este cambio buscó atacar la insostenibilidad financiera del antiguo sistema, que enfrentaba una pirámide poblacional envejecida y una baja densidad de cotización.
A pesar de este cambio estructural, el sistema actual enfrenta críticas persistentes. Los principales desafíos incluyen pensiones bajas, cobertura insuficiente y altos costos de administración. La pensión promedio otorgada por el IMSS ronda los 4,500 pesos mensuales, una cifra que frecuentemente se sitúa por debajo de la línea de bienestar. Esto se debe a múltiples factores: la informalidad laboral (que afecta a más del 50% de la fuerza laboral), intermitencias en las cotizaciones, y tasas de reemplazo bajas (el porcentaje del último salario que representa la pensión). Además, las comisiones cobradas por las Afores, aunque han disminuido, aún impactan el ahorro final.
En respuesta a estas deficiencias, el gobierno federal promulgó en 2020 una nueva reforma a la Ley del Seguro Social, considerada la más significativa desde 1997. Sus pilares centrales son: 1) El incremento gradual de la contribución patronal, que pasará del 5.15% al 13.87% del salario base de cotización para 2030. 2) El aumento de la contribución estatal, que subirá del 0.225% al 4% en el mismo período. 3) La garantía de una pensión universal mínima, financiada con recursos públicos, para aquellos adultos mayores que no cuenten con una, independientemente de su historial laboral.

Los objetivos declarados de esta reforma son elevar sustancialmente el monto de las pensiones, mejorar la tasa de reemplazo y ampliar la protección social. Los recursos adicionales se destinarán directamente a las cuentas individuales de los trabajadores, potenciando su ahorro a largo plazo. Los defensores argumentan que esto fortalecerá la seguridad económica en la vejez y reducirá la pobreza entre los adultos mayores.
Sin embargo, la reforma también genera debates y preocupaciones. Los críticos, principalmente del sector empresarial, advierten sobre el impacto en la competitividad y el empleo formal, debido al aumento significativo de los costos laborales para los trabajos. Existen dudas sobre la sostenibilidad fiscal a largo plazo del incremento en la contribución gubernamental. Además, persisten problemas estructurales no abordados plenamente, como la alta informalidad, que limita la efectividad de cualquier reforma al sistema contributivo.
En conclusión, las reformas al sistema de pensiones en México representan un esfuerzo continuo por equilibrar la sostenibilidad financiera con la adecuación de los beneficios. La transición a la capitalización individual fue un primer paso crucial, y la reforma de 2020 busca corregir sus fallas de diseño mediante una mayor solidaridad y contribución. El éxito final dependerá no solo de la implementación efectiva de estas medidas, sino también de políticas complementarias que fomenten el trabajo formal y el crecimiento económico, asegurando que los mexicanos puedan aspirar a un retiro digno y seguro.