El auge de la industria de armas

El auge de la industria de armas

Las cifras publicadas por el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (Sipri), revelan que la industria global de armamento vive uno de sus momentos más prósperos en décadas. En 2024, las ventas de los 100 principales fabricantes del mundo alcanzaron 679 mil millones de dólares, un incremento de 5.9 por ciento respecto del año anterior y el nivel más alto registrado desde que el organismo realiza estas mediciones. La tendencia no es nueva, pues entre 2015 y 2024 los ingresos del sector aumentaron 26 por ciento, pero el ritmo reciente deja ver un mundo donde la guerra se ha convertido nuevamente en motor económico.

Los conflictos en Ucrania y Gaza, sumados a la creciente percepción de amenaza en Europa, han generado una demanda sin precedentes. Los fabricantes han sabido capitalizar la urgencia de los gobiernos por rearmarse. No se trata sólo del abastecimiento a zonas en guerra, sino de la reposición de inventarios de los países que han transferido material militar y de los planes de modernización que avanzan en paralelo. Europa lidera este repunte. Sólo en 2024, las ventas de sus 26 mayores empresas del sector aumentaron 13 por ciento, hasta alcanzar 151 mil millones de dólares.

Estados Unidos continúa dominando el mercado. De los 100 mayores proveedores, 39 son estadounidenses, incluyendo a los tres gigantes del sector: Lockheed Martin, RTX y Northrop Grumman. En conjunto, el grupo estadounidense registró ventas por 334 mil millones de dólares, casi la mitad del total mundial. Washington sigue siendo el arquitecto central del orden militar global, y sus empresas se benefician tanto de contratos domésticos como de exportaciones estratégicas.

Pero detrás de estos números hay una contradicción profunda, ya que en un momento en que se multiplican los llamados internacionales a la diplomacia y a la desescalada, la industria bélica experimente un auge sin precedentes. El incremento en la demanda no se debe a avances tecnológicos disruptivos ni a una mayor eficiencia productiva, de hecho, muchos fabricantes enfrentan retrasos por falta de capacidad industrial, sino a un contexto global cada vez más fragmentado y polarizado.

Este crecimiento plantea preguntas éticas y políticas. ¿Hasta qué punto los gobiernos están atrapados en una lógica de rearme que ellos mismos alimentan? ¿Cuál es el costo de oportunidad de destinar cientos de miles de millones a armamento en lugar de a infraestructura, salud o transición energética? Y, sobre todo, ¿pueden los estados seguir proclamando su compromiso con la paz mientras sostienen una industria cuya prosperidad depende de la guerra?

Los récords de venta de 2024 son un termómetro. El mundo no sólo no avanza hacia la desmilitarización, sino que se prepara para un futuro más tenso. La industria celebra y la humanidad, en cambio, tiene poco que festejar.

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