Con la firma del acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur se concreta una alianza estratégica entre ambos bloques en el tablero geopolítico global. Tras casi tres décadas de negociaciones, avances frustrados y resistencias internas, el tratado no solo crea la mayor zona de libre comercio del mundo, sino que envía un mensaje político en un contexto internacional dominado por la fragmentación, el proteccionismo y la incertidumbre económica.
Las tensiones entre Estados Unidos y China, la guerra en Ucrania, la disputa por cadenas de suministro estratégicas y la creciente politización del comercio han obligado a los grandes bloques a redefinir sus alianzas. En ese escenario, la UE y el Mercosur apuestan por una asociación intercontinental que combina intereses económicos con afinidades políticas y valores compartidos, como el multilateralismo y la defensa de reglas comunes.
Desde el punto de vista económico, el tratado promete beneficios sustanciales. La eliminación gradual de aranceles durante los próximos 15 años aliviará la presión sobre sectores clave como la industria automotriz, la agroindustria, los lácteos, la carne y el vino. Para el Mercosur, se abre un acceso preferencial a uno de los mercados más grandes y sofisticados del mundo; para Europa, se consolida su presencia en una región rica en recursos naturales, alimentos y potencial energético, además de fortalecer su rol como principal inversor extranjero.
La alianza UE — Mercosur tiene una clara dimensión estratégica. En un contexto en el que se busca reducir dependencias y diversificar socios, este pacto amplía el margen de maniobra de ambas partes. Europa encuentra en Sudamérica un socio confiable frente a la volatilidad de otros mercados, mientras que el Mercosur equilibra su relación con potencias tradicionales y emergentes, evitando una dependencia excesiva de un solo eje.
Las resistencias que retrasaron la firma, en especial el lobby agrícola y ganadero europeo, revelan las tensiones internas que aún amenazan la ratificación. Las salvaguardas incorporadas de último momento muestran que el consenso fue frágil y que el debate está lejos de cerrarse. El verdadero desafío comienza ahora, pues la aprobación en el Parlamento Europeo y en los congresos sudamericanos será decisivo.
También la promesa de desarrollo y crecimiento deberá acompañarse de políticas que mitiguen los impactos sociales y ambientales. Sin mecanismos efectivos de compensación y sostenibilidad, el acuerdo corre el riesgo de profundizar asimetrías y alimentar el discurso antiglobalización que ya ha demostrado su fuerza en Europa y América Latina.
Aun así, la firma en Asunción representa algo más que un tratado comercial. Es una apuesta por la cooperación en tiempos de desconfianza global. Si logra superar el escollo de la ratificación y traducirse en beneficios tangibles para ciudadanos y empresas, la alianza UE — Mercosur puede convertirse en un pilar estratégico del comercio internacional del siglo XXI y en un ejemplo de que, incluso en un mundo fragmentado, los grandes acuerdos aún son posibles.