La industria petrolera venezolana vuelve a ocupar titulares internacionales, esta vez a partir del controvertido plan del presidente Donald Trump de tomar control del sector y convocar a empresas estadunidenses para “revitalizarlo” tras la captura de Nicolás Maduro.
Pero que representa Venezuela para el mercado energético mundial y cuáles son los límites de cualquier intento de impulsar y acelerar la producción petrolera en ese país.
Venezuela posee las mayores reservas probadas de crudo del planeta, alrededor de 300 mil millones de barriles, lo que equivale aproximadamente al 17 por ciento de las reservas globales. En el papel, se trata de un gigante energético. En la práctica, sin embargo, el país produce apenas 1.1 millones de barriles diarios, menos del 1 por ciento del suministro mundial. La brecha entre potencial y realidad explica tanto el interés de las grandes petroleras como el escepticismo de muchos analistas.
Décadas de corrupción, mala gestión, una desescalada en la inversión y sanciones internacionales han dejado a Petróleos de Venezuela (PDVSA) y a su infraestructura en un estado crítico. El deterioro acumulado es profundo. Como señalan expertos del sector, reconstruir campos, oleoductos, refinerías y sistemas logísticos no es cuestión de meses, sino de años. Incluso las estimaciones optimistas hablan de una década y de inversiones cercanas a los cien mil millones de dólares para recuperar niveles de producción históricos.
Por ello, no sorprende que el anuncio de Trump no haya provocado grandes movimientos en los precios del crudo. Venezuela es miembro de la OPEP y su producción ya está incorporada en los cálculos del mercado. Además, existe actualmente un excedente de petróleo a nivel mundial. La idea de que una intervención rápida en Venezuela abarataría de inmediato la energía ignora la complejidad técnica y política del sector.
El verdadero obstáculo no es geológico, sino institucional. Las empresas petroleras estadunidenses y europeas solo invertirán masivamente si existe un régimen estable, respeto a los contratos y reglas claras. La nacionalización impulsada por Hugo Chávez en 2007, que expulsó a compañías como ExxonMobil y ConocoPhillips, sigue siendo una advertencia vigente. Sin confianza jurídica, no habrá capital, por más atractivas que sean las reservas.
A largo plazo, una Venezuela petrolera recuperada podría tener efectos relevantes como precios más bajos, mayor oferta de crudo pesado -clave para el diésel-, y una reducción de la dependencia occidental del petróleo ruso. Pero ese escenario requiere paciencia, consenso político y reconstrucción institucional. Pensar que la industria petrolera venezolana puede ser tomada y reactivada rápidamente no es más que una ilusión geopolítica.